A
pesar de la abundancia de malas noticias, durante la última década hemos
asistido a una eclosión sin precedentes de investigaciones científicas sobre la
emoción, uno de cuyos ejemplos más elocuentes ha sido el poder llegar a
vislumbrar el funcionamiento del cerebro gracias a la innovadora tecnología del
escaner cerebral. Estos nuevos medios tecnológicos han desvelado por vez
primera en la historia humana uno de los misterios más profundos: el
funcionamiento exacto de esa intrincada masa de células mientras estamos
pensando, sintiendo, imaginando o soñando.

Este aporte de datos neurobiológicos nos
permite comprender con mayor claridad que nunca la manera en que los centros
emocionales del cerebro nos incitan a la rabia o al llanto, el modo en que sus
regiones más arcaicas nos arrastran a la guerra o al amor y la forma en que
podemos canalizarlas hacia el bien o hacia el mal. Esta comprensión
—desconocida hasta hace muy poco— de la actividad emocional y de sus
deficiencias pone a nuestro alcance nuevas soluciones para remediar la crisis
emocional colectiva.

