viernes, 5 de octubre de 2018

ELOGIO DE LAS SENSACIONES VISCERALES


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Una operación quirúrgica extirpó por completo el tumor que Elliot tenía inmediatamente detrás de la frente, un tumor del tamaño de una naranja pequeña. Pero, aunque la operación había sido todo un éxito, los conocidos advirtieron un cambio tal de personalidad que les resultaba difícil reconocer que se trataba de la misma persona. Antes había sido un abogado de éxito pero ahora ya no podía mantener su trabajo, su esposa terminó por abandonarle, dilapidó todos sus ahorros en inversiones improductivas y se vio obligado a vivir recluido en la habitación de huéspedes de casa de su hermano.
Algo en Elliot resultaba desconcertante porque, si bien intelectualmente seguía siendo tan brillante como siempre, malgastaba inútilmente el tiempo perdiéndose en los detalles más insignificantes, como sí hubiera perdido toda sensación de prioridad. Y los consejos no tenían el menor efecto sobre él y le despedían sistemáticamente de todos los trabajos. Los tests intelectuales no parecían encontrar nada extraño en sus facultades mentales, pero Elliot decidió visitar a un neurobiólogo con la esperanza de descubrir la existencia de algún problema neurológico que justificara su incapacidad porque, de no ser así, debía concluir lógicamente que su enfermedad era meramente inexistente.

Antonio Damasio, el neurólogo al que consultó, se quedó completamente atónito ante el hecho de que, aunque la capacidad lógica, la memoria, la atención y otras habilidades cognitivas se hallaran intactas, Elliot no parecía darse cuenta de sus sentimientos con respecto a lo que le estaba ocurriendo. Podía hablar de los acontecimientos más trágicos de su vida con una ausencia completa de emociones, como sí fuera un mero espectador de las pérdidas y los fracasos de su pasado, sin mostrar la menor desazón, tristeza, frustración o enojo por la injusticia de la vida. Su propia tragedia parecía causarle tan poco sufrimiento que hasta el mismo Damasio parecía más preocupado que él.


EL HOMBRE SIN SENTIMIENTOS


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Gary era un cirujano de éxito, inteligente y solícito, pero su novia, Ellen, estaba exasperada porque, en el terreno emocional, Gary era una persona chata y sumamente reservada. Podía hablar brillantemente de cuestiones científicas y artísticas pero, en lo tocante a sus sentimientos, era -aun con Ellen- absolutamente inexpresivo. Y, por más que ella tratara de mover sus emociones, Gary permanecía indiferente e impasible y no cesaba de repetir: «yo no expreso mis sentimientos» al terapeuta a quien visitó a instancias de Ellen y, cuando llegó el momento de hablar de su vida emocional, Gary concluyó: «no sé de qué hablar. No tengo sentimientos intensos, ni positivos ni negativos».
Pero Ellen no era la única en estar frustrada con el mutismo emocional de Gary porque, como le confió a su terapeuta, era completamente incapaz de hablar abiertamente con nadie de sus sentimientos. Y el motivo fundamental de aquella incapacidad era, en primer lugar, que ni siquiera sabía lo que sentía, lo único que sabía era que él no se enfadaba; era alguien sin tristezas pero también sin alegrías. Como observó su terapeuta, la impasibilidad emocional convierte a la gente como Gary en personas sosas y blandas, personas que «aburren a cualquiera. Es por ello por lo que sus esposas suelen aconsejarles que emprendan un tratamiento psicológico».

EL APASIONADO Y EL INDIFERENTE


Imagine, por un momento, que está volando entre Nueva York y San Francisco. El vuelo ha sido muy tranquilo, pero, al aproximarse a las montañas Rocosas, se escucha la voz del piloto advirtiendo: «Señoras y caballeros, estamos a punto de atravesar una zona de turbulencia atmosférica. Les rogamos que regresen a sus asientos y se abrochen los cinturones». Luego el avión entra en la turbulencia y se ve sacudido de arriba a abajo y de un lado al otro como una pelota de playa a merced de las olas.
¿Qué es lo que usted haría en esa situación? ¿Es el tipo de persona que se desconectaría de todo y seguiría ensimismado en un libro, una revista o la película que en aquel momento estuviera proyectándose, o acaso echaría mano rápidamente a la hoja de instrucciones a seguir en caso de emergencia, escudriñaría el rostro de las azafatas y los auxiliares de vuelo en busca de algún signo de pánico o prestaría atención al sonido de los motores tratando de advertir en ellos algún sonido alarmante"?
El tipo de respuesta natural que tengamos ante esta situación refleja la actitud de nuestra atención ante el estrés. En realidad, esta misma escena forma parte de una de las pruebas de un test desarrollado por Suzanne Miller, una psicóloga de la Temple University, para determinar si, en una situación angustiante, la persona tiende a centrar minuciosamente su atención en todos los detalles de la situación o si, por el contrario, afronta esos momentos de ansiedad tratando de distraerse. Porque el hecho es que estas dos actitudes atencionales hacia el peligro tienen consecuencias muy diferentes en la forma en que la gente experimenta sus propias reacciones emocionales. Quienes atienden a los detalles, por este mismo motivo tienden a amplificar inconscientemente la magnitud de sus propias reacciones (especialmente en el caso de que su atención esté despojada de la ecuanimidad que proporciona la conciencia de uno mismo) con el resultado de que sus emociones parecen más intensas. Quienes, por el contrario, se desconectan y se distraen, perciben menos sus propias reacciones, y así no sólo minimizan, sino que también disminuyen la intensidad de su respuesta emocional.

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MAYER: ESTILOS DE PERSONAS


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En opinión de Mayer, existen varios estilos diferentes de personas en cuanto a la forma de atender o tratar con sus emociones:
La persona consciente de si misma. Como es comprensible, la persona que es consciente de sus estados de ánimo mientras los está experimentando goza de una vida emocional más desarrollada. Son personas cuya claridad emocional impregna todas las facetas de su personalidad; personas autónomas y seguras de sus propias fronteras; personas psicológicamente sanas que tienden a tener una visión positiva de la vida; personas que, cuando caen en un estado de ánimo negativo, no le dan vueltas obsesivamente y, en consecuencia, no tardan en salir de él. Su atención, en suma, les ayuda a controlar sus emociones.

Las personas atrapadas en sus emociones. Son personas que suelen sentirse desbordadas por sus emociones y que son incapaces de escapar de ellas, como si fueran esclavos de sus estados de ánimo. Son personas muy volubles y no muy conscientes de sus sentimientos, y esa misma falta de perspectiva les hace sentirse abrumados y perdidos en las emociones y, en consecuencia, sienten que no pueden controlar su vida emocional y no tratan de escapar de los estados de ánimo negativos.
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Las personas que aceptan resignadamente sus emociones. Son personas que, si bien suelen percibir con claridad lo que están sintiendo, también tienden a aceptar pasivamente sus estados de ánimo y, por ello mismo, no suelen tratar de cambiarlos. Parece haber dos tipos de aceptadores, los que suelen estar de buen humor y se hallan poco motivados para cambiar su estado de ánimo y los que, a pesar de su claridad, son proclives a los estados de ánimo negativos y los aceptan con una actitud de laissez-faire que les lleva a no tratar de cambiarlos a pesar de la molestia que suponen (una pauta que suele encontrarse entre aquellas personas deprimidas que están resignadas con la situación en que encuentran)
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CONÓCETE A TI MISMO


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Según cuenta un viejo relato japonés, en cierta ocasión, un belicoso samurai desafió a un anciano maestro zen a que le explicara los conceptos de cielo e infierno. Pero el monje replicó con desprecio:
-¡No eres más que un patán y no puedo malgastar mi tiempo con tus tonterías!
El samurai, herido en su honor, montó en cólera y. desenvainando la espada, exclamó:
-Tu impertinencia te costará la vida.
-¡Eso -replicó entonces el maestro- es el infierno!
Conmovido por la exactitud de las palabras del maestro sobre la cólera que le estaba atenazando, el samurai se calmó, envainó la espada y se postró ante él, agradecido.
-¡Y eso -concluyó entonces el maestro-, eso es el cielo!
La súbita caída en cuenta del samurai de su propio desasosiego ilustra a la perfección la diferencia crucial existente entre permanecer atrapado por un sentimiento y darse cuenta de que uno está siendo arrastrado por él. La enseñanza de Socrates «conócete a ti mismo» -darse cuenta de los propios sentimientos en el mismo momento en que éstos tienen lugar- constituye la piedra angular de la inteligencia emocional.



EL CI Y LA INTELIGENCIA EMOCIONAL: LOS TIPOS PUROS

El CI y la inteligencia emocional no son conceptos contrapuestos sino tan sólo diferentes. Todos nosotros representamos una combinación peculiar entre el intelecto y la emoción. Las personas que tienen un elevado CI, pero que, en cambio manifiestan una escasa inteligencia emocional (o que, por el contrario, muestran un bajo CI con una elevada inteligencia emocional), suelen ser, a pesar de los estereotipos relativamente raras. En cambio, parece como si existiera una débil correlación entre el CI y ciertos aspectos de la inteligencia emocional, aunque una correlación lo suficientemente débil como para dejar bien claro que se trata de entidades completamente independientes.



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INTELIGENCIAS PERSONALES



5El control de las relaciones. El arte de las relaciones se basa, en buena medida, en la habilidad para relacionarnos adecuadamente con las emociones ajenas. En el capitulo 8 revisaremos la competencia o la incompetencia social y las habilidades concretas involucradas en esta facultad. Éstas son las habilidades que subyacen a la popularidad, el liderazgo y la eficacia interpersonal. Las personas que sobresalen en este tipo de habilidades suelen ser auténticas «estrellas» que tienen éxito en todas las actividades vinculadas a la relación interpersonal.
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No todas las personas manifiestan el mismo grado de pericia en cada uno de estos dominios. Hay quienes son sumamente diestros en gobernar su propia ansiedad, por ejemplo, pero en cambio, son relativamente ineptos cuando se trata de apaciguar los trastornos emocionales ajenos. A fin de cuentas, el sustrato de nuestra pericia al respecto es, sin duda, neurológico, pero, como veremos a continuación, el cerebro es asombrosamente plástico y se halla sometido a un continuo proceso de aprendizaje. Las lagunas en la habilidad emocional pueden remediarse y, en términos generales, cada uno de estos dominios representa un conjunto de hábitos y de reacciones que, con el esfuerzo adecuado, pueden llegar a mejorarse.