
Para poder forjamos una idea más completa de cuáles
podrían ser los elementos fundamentales de dicha educación debemos
acudir a otros teóricos que siguen el camino abierto por Gardner, entre los
cuales el más destacado tal vez sea Peter Salovey, que ha establecido detalles
el modo de aportar más inteligencia a nuestras emociones. Esta empresa no
es nueva porque, a lo largo de los años, hasta los más vehementes teóricos del
CI, en lugar de considerar que «emoción» e «inteligencia» son
términos abiertamente contradictorios, de vez en cuando han tratado de
introducir a las emociones en el ámbito de la inteligencia. E.L. Thorndike, por
ejemplo, un eminente psicólogo que desempeñó un papel muy destacado en la
popularización del CI en la década de los veinte, propuso en un artículo
publicado en el Harper Magazine que la inteligencia «social» -un aspecto
de la inteligencia emocional que nos permite comprender las necesidades
ajenas y «actuar sabiamente en las relaciones humanas»- constituye un
elemento que hay que tener en cuenta a la hora de determinar el CI.
Pero, en lo que atañe tanto a la intuición como al
sentido común, la inteligencia personal no podía seguir siendo ignorada. Por
ejemplo, cuando Robert Stembeg, otro psicólogo de Yale, pidió a diferentes
personas que definieran a un «individuo inteligente», los principales
rasgos reseñados fueron las habilidades prácticas.
Una investigación posterior más sistemática condujo a
Stemberg a la misma conclusión de Thomdike: la inteligencia social no sólo es
muy diferente de las habilidades académicas, sino que constituye un elemento
esencial que permite a la persona afrontar adecuadamente los imperativos
prácticos de la vida.
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