Imagine,
por un momento, que está volando entre Nueva York y San Francisco. El vuelo ha
sido muy tranquilo, pero, al aproximarse a las montañas Rocosas, se escucha la
voz del piloto advirtiendo: «Señoras y caballeros, estamos a punto de atravesar
una zona de turbulencia atmosférica. Les rogamos que regresen a sus asientos y
se abrochen los cinturones». Luego el avión entra en la turbulencia y se ve
sacudido de arriba a abajo y de un lado al otro como una pelota de playa a
merced de las olas.
¿Qué
es lo que usted haría en esa situación? ¿Es el tipo de persona que se
desconectaría de todo y seguiría ensimismado en un libro, una revista o
la película que en aquel momento estuviera proyectándose, o acaso echaría mano
rápidamente a la hoja de instrucciones a seguir en caso de emergencia,
escudriñaría el rostro de las azafatas y los auxiliares de vuelo en busca de
algún signo de pánico o prestaría atención al sonido de los motores
tratando de advertir en ellos algún sonido alarmante"?
El
tipo de respuesta natural que tengamos ante esta situación refleja la actitud
de nuestra atención ante el estrés. En realidad, esta misma escena forma
parte de una de las pruebas de un test desarrollado por Suzanne Miller,
una psicóloga de la Temple University, para determinar si, en una situación
angustiante, la persona tiende a centrar minuciosamente su atención en todos
los detalles de la situación o si, por el contrario, afronta esos momentos de
ansiedad tratando de distraerse. Porque el hecho es que estas dos actitudes atencionales
hacia el peligro tienen consecuencias muy diferentes en la forma en que la
gente experimenta sus propias reacciones emocionales. Quienes atienden a los
detalles, por este mismo motivo tienden a amplificar inconscientemente la
magnitud de sus propias reacciones (especialmente en el caso de que su atención
esté despojada de la ecuanimidad que proporciona la conciencia de uno mismo)
con el resultado de que sus emociones parecen más intensas. Quienes, por el
contrario, se desconectan y se distraen, perciben menos sus propias reacciones,
y así no sólo minimizan, sino que también disminuyen la intensidad de su
respuesta emocional.

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