
Un día comienzos de primavera, yo me hallaba atravesando un
puerto de montaña de una carretera de Colorado cuando. De pronto, mi vehículo
se vio atrapado en una ventisca. La cegadora blancura del remolino era tal que,
por mas que entornara la mirada, no podía ver absolutamente nada. Disminuí la
velocidad mientras la ansiedad se apoderaba de mi cuerpo y podía escuchar con
claridad los latidos de mi corazón.
Pero la ansiedad termino convirtiéndose en miedo y entonces
detuve mi coche dispuesto a esperar a que amainase la tormenta. Media hora más tarde
dejo de nevar y pude proseguir Mi viaje. Unos
pocos centenares de metros más abajo, sin embargo, me vi obligado a detenerme de
nuevo porque dos vehículos que habían colisionado bloqueaban la carretera. D haber
seguido adelante en medio de la tormenta, es muy probable que yo también hubiera
chocado con ellos.
Tal vez aquel día el miedo me salvara la vida. Me vi
arrastrado por un estado interior que me obligó a detenerme, prestar atención y
tomar conciencia de la proximidad del peligro. Todas las emociones son, en
esencia, impulsos que nos llevan a actuar, programas de reacción automática con
los que nos ha dotado la evolución. La misma raíz etimológica de la palabra emoción
proviene del verbo latino moveré (que significa moverse) más el prefijo “e”,
significando algo así como “movimiento hacia” y sugiriendo, de ese modo, que en
toda emoción hay implícita una tendencia a la acción. Basta con observar a los
niños o a los animales para darnos cuenta de que las mociones conducen a la acción.
Es solo en el mundo “civilizado” de los adultos en donde nos encontramos con
esa extraña anomalía del reino animal en la que las emociones –los impulsos básicos
que nos incitan a actuar- parecen hallarse divorciadas de las reacciones.
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