La sangre
se retira del rostro (lo que explica la palidez y la sensación de quedarse
frío) y fluye a la musculatura esquelética larga –como las piernas, por
ejemplo- favoreciendo así la huida. Al mismo tiempo, el cuerpo parece paralizarse,
aunque solo sea un instante, para calibrar, tal vez, si el hecho de ocultarse
pudiera ser una respuesta más adecuada.

Las conexiones
nerviosas de los centros emocionales del cerebro desencadenan también una respuesta
hormonal que pone al cuerpo en estado de alerta general, mientras la atención
se fija en la amenaza inmediata con el fin de evaluar la respuesta más
apropiada.
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